
Es martes a las 2:00 pm. Un codazo intempestivo a una lata de coca-cola que estaba en una esquina de mi escritorio provocó la desconexión a Internet en la oficina. Ahora, el dispositivo conector de banda ancha era una presa fácil para las hormigas, un gran caramelo cuadrado y pegajoso pero sin lucecitas verdes. “Ar Coconut” me dije. Mi acelerado jefe me había escrito un día antes pidiéndome un informe detallado del próximo Status de la Gerencia, mientras se encontraba disfrutando unas vacaciones en Hawai. No me quedaba otra que bajar 10 pisos -sin ascensor- y buscar un sitio para solucionar mi problema. Como alma que lleva el diablo y pendiente de conservar mi empleo bajé las escaleras mientras sentía como las líneas de sudor con olor a Rexona me recorrían las costillas.
Logré bajar y mientras esperaba un autobús que me llevara a un sitio tranquilo donde pudiera conectarme, intentaba mantenerme lúcido en medio de aquel vaporón emanado de esta selva de concreto, el sonido atorrante de las cornetas, el casete de Reggeaton a mil, escupido por unos parlantes ochentosos, el gordo pelúo y sudoroso encima mío, los frenazos del chofer, la sensación de un extraño paquete justo en mi nalga izquierda, la migraña producida por el THC, y un leve retorcijón de barriga producido por un vaso de leche matutino…lucidez? Con la verga. Llevaba media hora montado en esa tortura de hojalata y semicuero conducida por uno de esos tipos con la frente arrugada que se han vuelto psicópatas después de haber pasado años tragando smock y cigarrillo en las ardientes calles de Maracaibo. Me bajé sin pagar en medio de una avenida muy transitada cual ciego sin bastón y reaccioné al escuchar “malayoooo movéte queréis que te pase po encima bobo”. Gracias a este grito en la escala mi menor vociferado por el obeso conductor de una línea de carritos por puesto, pude divisar una de las oficinas múltiples de la nueva generación de la Tecnología de Información y Comunicación (TIC).
Realmente me urgía enviar el documento a Hawai, probablemente mi jefe estaba muy preocupado mientras se tomaba un guiskicito en medio de playas, palmeras y brisa. En el intervalo de tiempo, mientras esperaba que una de las “máquinas” se desocupara y sentado en una silla, pude percatarme de una de las escenas más espectaculares que había visto en mi vida. Era el encuentro entre vidas, gustos, necesidades y preferencias. De repente el encargado del lugar, un tipo flaaaco de lentes con aspecto de adicto a la pornografía infantil me hizo una seña. Mi máquina era la nº 26. A mi lado, un gringo con sombrero vaquero que desprende una mezcla de olores entre repelente de mosquitos y los ungüentos de zábila que hace mi abuela Bárbara para curar las heridas; a mi izquierda, una mujer de pelo rojo y con la boca mal pintada que le escribe a su hijo ilegal en España pidiéndole el último disco de Martirio “ -el que grabó con la Big Band de nosedónde-. Más adelante, un señor como de 50 años con un maletín sobre las piernas lleno de papeles y unas fotos-porno- en la pantalla. Más allá un niño de diez años tortura, mata y acuchilla enemigos, mientras conduce un Hummer y escucha Acid House. Me cuenta el flaco sexual que los chamos entran en manada cuando se abren las puertas. Su deseo: jugar en red con el resto de la fila -hay como 20 carajitos más, todos gritando y soltando barbaridades en el poco espacio que les queda entre la chupeta y la comisura de la boca-. En el otro pasillo hay un tipo como de 25 años, que revisa con pesimismo su currículo mientras le mete cuanto tigrito había hecho -incluyendo las experiencias como modelo en un desfile maluco que hicieron en el Colegio Monseñor de Talavera-. A su lado, una quinceañera al estilo Janis Joplin y con el cerebro lleno de Preveral hablando con varios novios del messenger y en el otro extremo, un tipo como de 30 años bajando música y videos pa luego quemarlos y venderlos en la plaza de enfrente.
Por si todavía no lo sabes, todos estamos en un cibercafé, y aunque no nos conocemos, nos respetamos bastante. Mientras los grandes escritores envejecen rápido contando las mismas historias de “la nueva familia”, de la familia de los amigos, de las putas que tienen un bajón porque les ladilla su trabajo, o el eterno análisis político del sistema latinoamericano. Señores, llegó el momento de hablar de “la nueva oficina”. Que, técnicamente, es mucho más importante porque al parecer produce dinero, encuentros, satisfacciones, y adicciones.
El cyber viene en alza. Hoy la mayoría tiene, además de computadoras, cabinas para recibir llamadas, audífonos, webcams, ceniceros y otras cabinas más privadas. Hay oscuros y claros. Ventilados y sin ventanas. Cerrados y abiertos. En barrios y urbanizaciones, cerca de la escuela y en las cárceles. Con mouse de pelota o láser. Pero además, los hay en Venezuela, Jamaica, Churuguara y San Luís, Madrid y Praga, Buenos Aires y La Villa del Rosario, Santa Bárbara del Zulia, Checoslovaquia, Adícora y La Azulita. Hoy en día los centros de internet tienen más países afiliados que la ONU y la FIFA juntos.
Pero esta oficina virtual, que se apodera del mundo corriendo más rápido que un ladrón de carteras siendo perseguido por un galgo, tiene otra gran gracia. Una casi milagrosa. Algo que todavía no logra ningún plan económico en tiempos que abundan los gestores de planes llenos de estatutos y formas, aunque sólo nos domine uno totalitario. El Cyber junta a oficinistas sin futuro con viajeros sin pasado. A grandes empresarios utilizando sus web-conferencias para tranquilizar a sus clientes de la estafa millonaria que revolucionó a Maracaibo, llamada “la Vuelta” y permitiendo que mochileros que dan la vuelta al mundo envíen una señal de vida a sus madres adictas al Tafil y a otras pastillas para dormir, preocupadas por el destino de muchos Luisitos que andan por Europa haciendo de todo. Todos en un mismo lugar y por 1.200 bolívares la hora.
Y por si fueran pocas las ventajas. Revisando algún periódico viejo me di cuenta que estos sitios también cumplen la función social que, en los `70 y `80 cumplían los cines pornos de Europa y USA: ser una guarida para inmigrantes ilegales. Es decir, antes los inmigrantes se pasaban el día dentro de un cine triple X, mirando y durmiendo, ahora se les escapan a los policías de migración mirando páginas de cualquier tipo en un café con conexión rápida…manteniendo su anonimato.
Casi me quedo pegao absorbiendo el ambiente, y es gracias a una joven diagonal a mí que está llorando pude volver a la realidad. Lágrimas que caen en el teclado, lágrimas de quienes dejaron a su familia por esos sueños de grandeza. En otras oportunidades también he visto otro tipo de llanto: una extranjera aquí en Maracaibo chateando con su hermano en Miami, ella acomodaba la cámara mientras sus ojos llorosos eran enfocados por la diminuta bola de video. Le explicaba a través de una conversación de voz por Messenger que una pandilla de huelepegas en el centro le robaron su computador portátil, su cámara y sus tarjetas de crédito mientras hacía unas “buenas fotos” en la Plaza Baralt. Llantos frente a la pantalla de la nueva oficina. También son llantos de arrechera y de impotencia.
Ya son las 6:00 pm y al revisar mi correo electrónico, después de casi tres horas intentando explicarles el nuevo mundo de las TIC. Recibo un mail de mi jefe:
“Que vaina con vos, José. Te dije que me enviaras la información lo más pronto posible. Estuve con el embajador jactándome de la efectividad de mi equipo y nunca llegó nada. Puedes recoger tus peroles y hablas con la administradora. Estás botado”.
El Mouse de pelota que me había tocado no rodaba por la cantidad de sucio que había en la mesa. Eso evitaba que yo rodara la flechita hacia la X para desaparecer la desagradable noticia. Me levanté de la máquina y miré al tipo que estaba haciendo su currículo. Hacía un momento lamentaba su situación; y ahora comprendía la insoportable levedad del ser.