Venezuela Surrealista

Thursday, January 26, 2006

SALVE EVO!



El pasado domingo 22 de enero fue un día histórico para Bolivia: se posesionaba Evo Morales, su primer presidente indígena. La gente comenzó a llegar muy temprano a la plaza Murillo: podían verse, confundidos en un abrazo, a bolivianos y extranjeros. El semanario Pulso titulaba: "La Paz,la Meca de la izquierda". No se equivocaba. Podían verse, por las callesaledañas al Palacio Quemado, a belgas y escandinavos de los movimientos antiglobalización, muy rubios, portando en una mano la bandera aymara (wiphala) y en la otra la bandera del MAS, a piqueteros y jóvenes de la izquierda argentina, llegados tanto de la Patagonia como de Salta, entonando cánticos que mencionaban a Fidel, a Chávez, al Che y a Evo. Sí, también estaba Chávez.

Había también turistas más casuales: mochileros chilenos y alemanes que compraban llaveros con la imagen de Evo. Todos se sacaban fotos. Nadie quería perderse la fiesta: nada menos que once presidentes y mil doscientos periodistas llegaron al acto. Evo, ya un ícono de la izquierda latinoamericana y de los movimientos antiglobalización, había logrado en pocos meses el milagro de tornar visible lo invisible: de pronto, Bolivia estaba en la mira de los ojos del mundo (se calcula que trescientos millones de personas siguieron la transmision de mando). Es un gentío papá.

Evo fashion: la famosa chaquetica de rayas que utilizó en su periplo por el mundo se vendía a diez dólares por las calles de La Paz, y un grupo pop mexicano ya aludía a ella en una canción: el presidente electo de Bolivia/ tiene un suéter nada más/ él lo lleva a todas partes/ y no quiere dar su gas/ es a rayas, calientito/ la verdad no es muy bonito/oooooh siiiii, ya cómprenle otro suéter.
El discurso de Evo en el Palacio se caracterizó por una contradicción:por un lado, su insistencia en que no habría venganza de los indígenashacia aquellos que antes abusaron de ellos; por otro, su largo recordatorio histórico de la serie de vejámenes que sufrieron los indígenas en un país racista. Nooooo, sin violencia, metéte con un bolivianito de esos que andan masticando Coca pa ver qué te pasa.

Evo ya había anunciado que ese plan tan caro para los norteamericanos, el denominado "Coca Cero" (es decir, la erradicación total de los cultivos de coca en el Chapare bolivano...aaaaaaaaaaaaaaaaaaah dirán los gringos!!!!), daría paso a un Nuevo plan, Narcotráfico Cero. Se comentaba que el viceministerio de Desarrollo Alternativo pasaría a denominarse Viceministerio de la Coca.

Hay aplausos y hay temores.
Los aplausos vienen de una izquierda rediviva, de los sectores sociales postergados, de las clases medias orgullosas de la nueva imagen de Bolivia en el mundo. Los temores vienen de la derecha desorganizada, de quienes siempre recelaron de la imagen moderada del MAS en la campaña y que ahora creen ver confirmadas sus sospechas, de quienes desconfían de la pintoresca Evo fashion y piensan que tanto poder y tanto aplauso desmedido terminarán por convertir a Morales en un Emperador. Todavía falta lo mejor. Pasen, señores: la película va a comenzar.

Wednesday, January 25, 2006

Tuve un Sueño "In Vitro"


11:30 pm, había terminado "Inside of Actor Studio" y gracias a la falta de respiración provocada por el cable de los audífonos enrollados en mi cuello logré despertarme. Luego de unos minutos logré conciliar "el sueño".

Me encontraba sentado en algún café de una ciudad. Un lugar con mesas setentosas color naranja y de fondo sonaba "Hello" de Lionel Richie. Luego de hacer un paneo del lugar me di cuenta que estaba en Maracaibo, y lo confirmé cuando vi detenerse en el semáforo a un burro cargado de cachibaches y bronce, cobre, hierro colao, baterias viejas, cabalgado y azotado por un niño de rasgos indígenas como de 13 años. (Estas escenas ocurren en la vida real, aunque la Alcaldía está tratando de eliminarlos). De repente escucho unas voces...me volteo y veo a dos mujeres. Una de ellas tenía pinta como de Secretaria Privada de un Ente Gubernamental, llevaba un peinado al estilo Blanca Ibáñez y encima, una menopausia precoz después de varios fracasos reproductivos. La otra, una catira con buenas tetas, como con 20 años, bachiller a palos y que trabaja como servicio en una casa. Mila y Anita, respectivamente. Al parecer se habían conocido en un foro de donantes, donde Anita estaba matando un tigrito como mesonera. Cuando Mila vió aquellas glandulas mamarias apretujadas en la camisita blanca y unas caderas dibujadas bajo ese pantalón, parecía posible que su árbol genealógico (el de Mila) se convirtiera en algo más que una ramita seca.
Si alejas la cámara un poco más, nos verán en un plano general a los tres dentro de un extraño café; según la rara experiencia ese café es uno de los destinos reproductivos más famosos de Venezuela; donde llegan mujeres desde todas partes del mundo, casadas, solteras, solas, acompañadas, lesbianas, heterosexuales, jóvenes, maduras, buscando salidas a la infertilidad, y otras cosas de ese tipo.

Mientras las oía hablar pensaba por qué una mujer debe ser madre aunque esto suponga incluso ir contra su propia naturaleza. Al final, cómo diablos funciona nuestro reloj biológico, quién le pone o le quita las pilas. ¿Es que acaso tarde o temprano todos queremos protagonizar alguna escena de La fuerza del cariño?

El amor entre madre e hijo podría ser esa clase de amor eterno que hace ver a Freud como un pervertido y a Rocío Dúrcal como una iluminada. Mila, con un cigarro en la comisura de la boca, dijo que se sentía como una gallina vieja empollando huevos huecos. Es ingenuo pensar que en pleno siglo XXI todavía hay cosas imposibles. Al mismo tiempo es curioso que en esta misma época una mujer piense todavía que si no tiene un hijo su sangre se volverá veneno. Por eso Mila quiere óvulos frescos de niñas fértiles, huevecillos ajenos capaces de florecer para usarlos como si fueran suyos, para que entre gallos y media noche se mezclen sin amor en un esterilizado tubo de ensayo con los adúlteros espermatozoides de su marido.

La mejor amiga de Mila se llama Ciencia. Ha sustituido a Dios y a la Naturaleza en sus plegarias. De alguna manera, se ha hecho real el milagro de la inmaculada concepción. A través de la inseminación artificial, se ha dado la vuelta a la moral de la iglesia, separando para siempre el sexo y el placer de la reproducción, cambiando la cama por el laboratorio y dejando de paso muy claro que las mujeres pueden concebir sin hombres, sin ovarios, sin pecado y sin amor.

Mila no quiere una niña china encontrada en una acequia. Eso está bien para Angelina Jolie que se da el lujo de ir pa África y traerse a Katana y adoptarla como hija. Estas mujeres no quieren que nadie sepa que no pueden tener hijos. La mayoría tampoco les contará a sus hijos que son producto de una donación. En este momento hay centenares de jóvenes que lo son sin saberlo. Quien esté libre de ficciones que tire la primera piedra. En estos casos, la ficción, por supuesto, es creerse la madre biológica porque lo real de su maternidad no está en discusión.

Todos sabemos íntimamente lo que significa una madre: lo más parecido a una giganta que huele a leche, a una leona con cerebro, colmillos de vampiro, ojos de sirena y pico de pájaro lleno de gusanitos. Si aparece una señora que no hayamos visto nunca y asegura que es nuestra madre "verdadera" en un talk show, jurálo que de una cambio el canal. Me conformo con Meche. Mila, por su parte, quiere amamantar –como haría, en un hipotético documental de la Nacional Geographic, una elefanta a un cachorro de hiena– a ese niño intruso, aquél híbrido resultado de los genes de su marido y de los de una completa extraña, que no sacará ni su nariz respingada, ni su mirada perdida, ni su sonrisa tristona, ni "el mismo lunar que tenía el abuelo Juancho". Quiere acogerlo durante nueve obesos meses, acordonarse a él, darle de comer lo que ella mastica, dejar de fumar porros en su nombre, enseñarle a escuchar música clásica, prenderle una linterna y parirlo en una escena sangrienta, de preferencia filmada con una cámara de video casera. Mila lo que quiere es un amor irracional.

Lo más extraño del sueño es que en vez de servirles café a Mila Y a Anita, lo que les sirvió el mesonero fué material quirurgico, inyecciones, bisturí, un frasquito con dos peloticas -esos deben ser los óvulos ya fecundados-. De inmediato el mismo mesonero le abrió las piernas a Mila y le metió la inyectadora con la punta roma. Se sentaron otra vez y pidieron una jarra de leche, se la tomaron y se fueron. Pude ver la cara de Mila Felíz, y hasta pude ver el conato de barriguita. Que maravilla es la creación in vitro. Y yo, Cheché, les juro que no como más cayos a la madrileña antes de dormir. I promise

¿Ortodoncia en 1865?


1856. Un barco arriba a puerto. A bordo viene un marinero escritor que quiere conocer a la prodigiosa mujer que, veintiséis años antes, escandalizó a todo un continente. En una casa envejecida trascurren los últimos días de Manuela Sáez, quien traduce documentos y relee en sus largas horas de soledad las apasionadas cartas del hombre que más amó: Simón Bolívar.

Esa es la sinopsis de la película que estaba siendo rodada en 1999 en Coro, Edo. Falcón. En la Dirección: Diego Rísquez, en el guión, Leonardo Padrón, producciones Guakamaya pagó el rodaje. Mariano Álvarez y Beatriz Valdéz lideran el largometraje de 100 minutos, donde la mayor parte debía ser rodada en mi pueblo natal. En esa época ya yo había saltado la cerca de la Universidad Experimental Francisco de Miranda y andaba de mala conducta por la ciudad en busca del estrellato. Y lo que encontré fue un estrellón contra las calles de piedra de la zona colonial de Coro y un violín arrechísmo por estar de payaso.

Rebelde sin causa y buscando una justificación por mi huída de la universidad, decidí integrarme a la Compañía Regional de Teatro, y al mismo tiempo formar una banda de rock llamada Container. Todo fluía de maravilla, sin embargo, en el teatro sólo pude recibir pequeños papeles ya que estaba bajo un tratamiento de ortodoncia que no me permitía representar papeles protagónicos. El muchacho Nº 2, el mudo, el limpiabotas, el soldado, la tranfor de la esquina, el muchacho Nº 3; eran los papeles que me tocaban “por tener aparatos en la boca”. Sin embargo, no me iba tan mal en el “chou bisnes”. Mientras mataba mis tigritos en una discoteca local me encuentro con que íbamos a tener como público a medio staff de la película Manuela Sáenz. Se me aflojó el barro de pensar que Diego Rísquez, Mariano Álvarez y Beatriz iban a escuchar nuestro performance.

Afortunadamente ellos se decidieron por una opción más adulto contemporáneo y apenas se aparecieron los productores, recoge cables, maquilladores, vestuaristas y todos los pelos largos y podríos a sobaco que en búsqueda de diversión y juguetitos se hicieron panitas de la banda. Luego de la presentación nos fuimos a la casa de las Ventanas de Hierro -en plena zona colonial- donde estaban todos los vestuarios y parte de los equipos. Nos tomamos hasta el agua de la fuente y se fumaron hasta las telarañas de la emblemática casa, mientras nos vestíamos de Manuelita, Simón Bolívar y de Españoles rebeldes. El productor en plena nota y agradeciendo los regalitos me propuso “un pequeño papel en una de las escenas. “Debes estar mañana a las 8 de la mañana aquí mismo.

Fue todo tan doméstico, tan coriano, tan de "pasá mijo, sentáte y tomáte un cafecito aquí en la cocina, que la filmación no dilata en comenzar", que al final la película es el resultado de un ensamble de buenas intenciones entre amigos, parientes, comadres y vecinos; que prestaron telas, faldas, joyas, mangas y bordados, para convertir a la hermosa cubana Beatriz Valdés -una de las actrices preferidas de Fidel Castro- en la peruana Manuela Sáenz y al venezolano Mariano Álvarez -de nuevo- en Simón Bolívar. No escapó esta película de la pintoresca falta de presupuesto de todas las producciones cinematográficas venezolanas, que terminan haciéndose como las hallacas: en familia, estirando cada año más la plata, y con todo el orgullo y excitación posibles.

El peo era ambientar la época, el vestuario era una herramienta para que el espectador distraído y pueblerino dijera: "¿Esta película como que no es de ahorita, verdad?". Y lo confirmé luego que entré al cuarto de vestuario y me montaron unas medias pantis blancas, un pantalón pescador color kaki, una camisa blanca con volaítos, unas botas negras de semicuero y un sombrero coñoemadre que me dejó la cabeza podría como por 3 días. Yo no sé si esas prendas estaban guardadas en un baúl, pero el olor que despedían era sencillamente asqueroso. Era una mezcla entre sobaco, con naftalina y queso roquefort -pero en medio de aquella dinámica divertida y excitante sensación por salir en cámara y ser presenciado ante vecinos curiosos y orgullosos del talento local, le eché bolas como buen coriano-. Mi personaje el Ciudadano Nº 3. Cuidado y me nominan pa´ los Oscar por la caracterización que hice.

Exterior Día. Tres soldados serán asesinados en la puerta de una Iglesia. Un grupo de ciudadanos presencian el fusilamiento -Yo era uno de ellos-. Los soldados deben estar amarrados unos a otros y los ciudadanos expresan un rostro desalentador y de asombro -hay que abrir la boca…de pana, es lógico-. Plano cerrado de los rostros de los 6 ciudadanos que estarán de frente a los soldados en un paneo lento -hay grúas, rieles y toda verga-. Se alternarán las dos tomas a medida que transcurre la escena.

Eran las 10 de la mañana y ya el sol estaba cocinando mis pies, me quitaba el sombrero, me lo ponía, me picaban las axilas, el cuello, la espalda, la media panti se me estaba metiendo por el culo, todo eso ocurría mientras terminaba la escena anterior. Por fin nos tocaba a nosotros, unas x en el piso de las históricas piedras lucias determinaban la posición de cada uno de los “actores”. Ahí estaba yo ubicado en la x3, haciendo respiraciones de mentiras para que creyeran que estaba practicando las técnicas de Stanivlasky. Y además, practicando mi expresión que probablemente me llevaría a otros papeles más importantes. Abría la boca, arrugaba la frente, levantaba las cejas…nojoda! Toy listo! decía yo. De repente escuchamos un grito que venía de uno de los árboles de la famosa plaza de la Cruz de san Clemente. Era el Director que se había subido para visualizar mejor la escena. “Ok, preparados, necesito mucha expresión, mucho dolor, están matando a tres hombres frente a ustedes, coño concéntrense… y a la cuenta de 5,4,3,2,1…accióooooooooooon!

Se me incorporó un negro de la época, lleno de asombro y dolor de ver como los españoles mataban a uno de los suyos por haber traicionado la ley. Mi cara era un poema, me sentía Denzel Washintong en una de sus interpretaciones, la cámara pasó frente a mí y abrí la boca aprovechando los dos segundos en mi carrera cinematográfica en una expresión que perduraría para la historia del cine venezolano, disparaban los asesinos con unas hermosas escopetas que echaban humo, y yo abría más la boca en una expresión artística que significaba “vergasion de roncha debo tener en los sobacos, me pica la espalda, creo que irrité las bolas con las medias pantis” y por fin escuchamos desde la copa del árbol: ¡Corten!....
El director malhumorado por el calorón que había se bajó del árbol para visualizar la escena en el monitor…se paró la grabación, todo el mundo corrió pal monitor pendientes de su actuación, las chicas recogían sus enormes vestidos para correr hasta donde estaba el editor, los chicos se bajaban de los caballos, a Mariano lo maquillaban, y a Beatriz le arreglaban la peluca mientras se fumaba un puro. La escena se veía asombrosa, real, el vestuario, la iluminación, el color gastado, bello todo, de repente la pantalla se puso blanca como si un rayo de luz hubiera entrado a la cámara, algún espejo coño, -dijo Diego mientras le mentaba la madre a cuanto carro pasaba cerca-, algo estaba haciendo brillo en la escena, les mandó a quitar los zarcillos a las niñas, las hebillas a los chicos, cero collares, cadenas, llamaron a la Alcaldía, cerraron la calle, se formó un alboroto y repitieron la escena.

Nos pusimos en nuestro lugar, nos echaron maquillaje, nos arreglaron la ropa, y todo listo…5,4,3,2,1…acciooooooooooooooooooon! Me volví a transformar en Denzel y rodamos la escena. La repetimos varias veces, y la fucking luz seguía entrando -de bolas si teníamos un maldito foco pegao en la frente- hasta que en una de esas se baja el director y visualiza la escena detenidamente. Justo cuando la cámara está pasando frente a mí en un plano de detalle, yo con las frente lucia, la expresión de dolor -no por los soldados, sino por la picazón- salió de mi boca la maldita luz que nos había hecho perder tiempo. Ala verga! Diego pegó un grito: “coñoo e la madre, a quién se le ocurre meter en un casting de una película de època a un coño con aparatos, nojoda…y pa qué abres la boca tu guebón? Y como no tengo boca…imagínense a medio elenco con ganas de ponerme junto a los soldados pa que me fusilaran también.
Fue horrible, no funcionaron mis ejercicios de relajación ni un coño, al diablo las técnicas de Stanivlasky, al diablo los planos cerrados, al diablo mi ortodoncista, al diablo la estética, y al diablo el burro muerto que cargaba encima. Me entraron unas ganas de llorar, pero yo palante le respondí al tipo: -¿ajá y como coño expreso dolor con la boca cerrada? Quería que me tragara la tierra. Sin embargo, no me botaron del set porque justifiqué la acción. Y me dejaron con una sola condición: “Si abres la boca carajito, pagas la escena completa”….Si quieren ver el resultado final de esta famosa escena, alquilen la película y vean la cara de guebón que puse para simular mi asombro.

Si yo Fuera Nudista



Dando unas vueltecitas sabatinas por el maravilloso mundo de la Internet, me encontré con algo que llamó poderosamente mi atención. Existe una empresa que organiza viajes nudistas y que nos invita a todos a despedir el verano sin ropa: pero no en cualquier parte, sino montaísimos en un hermoso barco que da vueltas por el Mediterráneo. La oferta: 300 euros. A cualquiera se le hace agua la boca, sin embargo a mí me resulta particularmente un sueño. Quizás porque en Venezuela te medio sacás el short encima de la toalla en cualquier playa local y ya cualquier señora escrupulosa te mira con cara de asombro, o se termina pegando un SugarDaddy con ganas de comerte vivo.

Si yo estuviese caminando desnudo por una playa concurrida mantendría la vista en alto. Como si fuera todo normal. Disimulando que soy un impostor entre tanta gente civilizada y linda, que la está pasando bien en un sitio de agua turquesa y arena blanca: los nudistas jamás eligen bahías contaminadas con petróleo, ni con inmigrantes marrones flotando en la orilla, ni arenas con pulgas de mar o moscas. Ni tampoco con muchachos vendiendo rompe colchón, chipi-chipes, o cualquier comida de mar que te despierte las extensiones dormidas. Eso es un peligro. Que pena con tu compañera.

Si llegase a conversar con alguien, en una playa nudista, jamás bajaría la vista por debajo del cuello de mi interlocutor. Voy a utilizar los dos casos: Te imaginas que venga de frente un(a) curvilínea(o) modelito con el pelo mojado tras un refrescante chapuzón en un mar que le dejó la piel de gallina, y que además lo único que tiene encima es el bronceador?. En ese caso es mejor no darse vuelta para mirarle las nalgas una vez que pasa por tu lado. Es muy raro que te fijes detenidamente en alguien, salvo en algo de tu propio cuerpo. Definitivamente debe ser arrecho ser nudista coño, aunque parezca fácil. Los ojos brotados, el pedazo como un asta de bandera, con una actitud seria, recatada, como ensimismado...verga!.

Si me metiera al agua, no haría tantas piruetas con las olas, ni me metería a nadar mar adentro. Cuidaría algunas partes de mi piel como nunca lo hice antes, pasándome crema por lugares donde nunca lo había hecho. Trataría a la arena con mucho cuidado, muy respetuoso, temiendo que se transforme en tu peor enemiga y se meta por donde quiera cuando te tumbas sobre ella: nudista estaría mucho más domesticado.

Por alguna extraña razón, estando sin ropa en un sitio público, estaría mucho más obediente. Respetaría mejor las buenas formas. Más que un tipo rebelde, como se autocalifican algunos militantes de ir a la playa sin ropa, vestido de nudista me transformaría en la más dócil de todas las ovejas cuando están trasquiladas.

Sin embargo, creo que el gran problema de los nudistas, lo que siempre tienen en contra, los limita y los hace aburridos, es que están repletos de agrupaciones. Por todo el mundo. Son como los rotarios (del Rotary Club), pero ruedas libres. Y tienen voceros. Y tienen páginas web. Y publican cartas de apoyo, porque se consideran una minoría. Y tienen jerarquías. Y tienen reuniones. Y tienen disciplina. Y tienen, de seguro, tipos que le impiden el ingreso a otros, o algunos que se aprovechan de los nuevos para que paguen el noviciado. Y arman polémicas. Y están repletos de dogmas. Y tienen, claro, un gran negocio entre manos: sólo en viajes, se estima que mueven unos 400 millones de dólares anuales. Dios, sólo por estar sin ropa.

¿En qué momento un simple y tranquilo acto de exhibicionismo natural pasó a ser una industria con más intereses que un contrabando de Cocaína y heroína juntas? ¿Qué pasaría si finalmente se legaliza (y no se pena, como sucede en casi todas las playas del mundo) el desnudo total de cualquier bañista? ¿Te imaginas caminando en Adícora, Choroní, Playa Pantaleta o Cuyagua con el aparato tambaleándose cual péndulo hipnotizador? De entre miles de respuestas posibles, quizás las únicas concretas es que bajaría el mercado negro de playas privadas, los empresarios que se han agarrado del nudismo para hacer fortuna terminarían quebrados y el precio de los trajebaños se iría, definitivamente, al suelo. Los voceros del nudismo quedarían sin micrófono, pero eso sería por poco tiempo, hasta encontrar una nueva minoría por la que hincharse las venas gritándonos en la cara su lucha minoritaria.

Me imagino el aburrimiento de un barco repleto de nudistas por el Mediterráneo, mirando casi para el cielo todos, sin poder decirle a la compañera que están conociendo: “Mira, tienes un pelito infectado en el labio izquierdo”. No, según gente que ha ido, lo único que hacen es hablar de su causa minoritaria mientras desayunan. Tal vez la solución sea la antigua: la de sacarse la ropa y ya está. Pero claro, en ese caso, no habría organización. ¿Quién se organiza con las bolas y las tetas al aire y con unas birras encima? Nadie. Mejor me quedo tranquilo y me sigo poniendo mis bermudas aguadas que me llegan hasta la rodilla. Por cierto, saludos a mi amiga Judith quien mientras practicaba KiteSurf en Adícora, una ola le arrancó el traje de baño un jueves santo. Jamás pudo encontrar el diminuto vestido y tuvo que salir con un diseño de algas improvisado por ella misma y además, pagar la reparación de la vela, la cual salió volando hasta chocar con un poste de luz.

Alguien como vos o como yo


El inglés Shezhad Tanweer tenía 22 años y estudiaba Ciencias del Deporte. A veces se tripeaba jugar críquet y conducir el Mercedes de su papá. Su amigo Hasid, en cambio, sí era un tipo más frito, más mala conducta. Los vecinos lo recuerdan formando peos en el barrio aunque últimamente se había tranquilizado un poco gracias a la buena influencia de la religión islámica. Todo lo contrario que Mohamed Khan, que a sus treinta años era un modelo de padre de familia responsable y apacible que trabajaba con niños discapacitados.

Cuando los tres desaparecieron, el jueves 7 de julio, sus amigos y conocidos temieron encontrarlos en la lista de víctimas de los atentados de Londres. Se imaginaron a sus hermanos calcinados en medio de los rieles del tren o mejor aún vivos y esperando ser atendidos. Pero jamás se les ocurrió pensar que aparecerían en la lista de los asesinos. La imagen que todo el mundo tenía de los osados terroristas que se atrevieron a desafiar las reglas occidentales es de una inocencia enternecedora. Osea, estábamos más pelaos que rodilla e chivo.

Imaginamos a salvajes armados hasta los dientes, fanáticos irracionales con problemas de adaptación, psicópatas sin remedio, barbudos y podridos a sudor. Sobre todo cuando hace unos días en la televisión española, un documental norteamericano describía a Sadam y a Osama como víctimas de una curiosa patología que denominaban "narcisimo maligno".
El psicólogo del Pentágono y autor del equívoco diagnóstico no reparó en el detalle que, si realmente son enfermos mentales, son legalmente inimputables, es decir, no pueden ir presos. Pero afortunadamente no lo son. Armados con un sistema de creencias –llámese religión o ideología-, los terroristas se consideran a sí mismos personas muy nobles, dispuestas a matar pero también a morir por sus ideales.

La opinión pública inglesa aún no puede creer que el atentado haya sido cometido por ingleses educados en las costumbres occidentales en un país lleno de oportunidades y movilidad social. Pero ese es justamente su punto de apoyo moral: ellos no lo hacen por sí mismos, sino por los demás. Ellos se consideran más nobles que vos, o que yo, que estamos aquí sentados, leyendo o escribiendo este artículo, sorprendidos por la maldad del mundo e incapaces de hacer nada.
Y lo más arrecho es la flema con que los británicos han encarado los crímenes del 7 de julio. Esto podría marcar un punto importante en la política occidental en torno al tema, una toma de conciencia de que hay que ganar la pelea en el frente de las ideas. Estos tipos si son polite.

Aunque Bush ha repetido sus soflamas bélicas, incluso EEUU es conciente de que, mientras los tanques gringos recorrían Bagdad matando familias inocentes, los futuros asesinos estaban en un barrio de Leeds, recogiendo en flamantes autos a sus niños de la guardería y jugando críquet a 10000 km de la línea de fuego, gente como tú o como yo, llena de buenas intenciones.
Una vez lo dijo Ilich Ramírez Sánchez, El Chacal: nunca se burlen de los gorditos, o de los más morenos, o de los menos poderosos. Ellos pueden montarse un bolso lleno de C4 y mandarlos derechito a una morgue divididos en pedazos. Probablemente tu cabeza o la de cualquiera de nosotros podrían perderse en medio de la chatarra humeante.

LLegaron las TIC




Es martes a las 2:00 pm. Un codazo intempestivo a una lata de coca-cola que estaba en una esquina de mi escritorio provocó la desconexión a Internet en la oficina. Ahora, el dispositivo conector de banda ancha era una presa fácil para las hormigas, un gran caramelo cuadrado y pegajoso pero sin lucecitas verdes. “Ar Coconut” me dije. Mi acelerado jefe me había escrito un día antes pidiéndome un informe detallado del próximo Status de la Gerencia, mientras se encontraba disfrutando unas vacaciones en Hawai. No me quedaba otra que bajar 10 pisos -sin ascensor- y buscar un sitio para solucionar mi problema. Como alma que lleva el diablo y pendiente de conservar mi empleo bajé las escaleras mientras sentía como las líneas de sudor con olor a Rexona me recorrían las costillas.

Logré bajar y mientras esperaba un autobús que me llevara a un sitio tranquilo donde pudiera conectarme, intentaba mantenerme lúcido en medio de aquel vaporón emanado de esta selva de concreto, el sonido atorrante de las cornetas, el casete de Reggeaton a mil, escupido por unos parlantes ochentosos, el gordo pelúo y sudoroso encima mío, los frenazos del chofer, la sensación de un extraño paquete justo en mi nalga izquierda, la migraña producida por el THC, y un leve retorcijón de barriga producido por un vaso de leche matutino…lucidez? Con la verga. Llevaba media hora montado en esa tortura de hojalata y semicuero conducida por uno de esos tipos con la frente arrugada que se han vuelto psicópatas después de haber pasado años tragando smock y cigarrillo en las ardientes calles de Maracaibo. Me bajé sin pagar en medio de una avenida muy transitada cual ciego sin bastón y reaccioné al escuchar “malayoooo movéte queréis que te pase po encima bobo”. Gracias a este grito en la escala mi menor vociferado por el obeso conductor de una línea de carritos por puesto, pude divisar una de las oficinas múltiples de la nueva generación de la Tecnología de Información y Comunicación (TIC).

Realmente me urgía enviar el documento a Hawai, probablemente mi jefe estaba muy preocupado mientras se tomaba un guiskicito en medio de playas, palmeras y brisa. En el intervalo de tiempo, mientras esperaba que una de las “máquinas” se desocupara y sentado en una silla, pude percatarme de una de las escenas más espectaculares que había visto en mi vida. Era el encuentro entre vidas, gustos, necesidades y preferencias. De repente el encargado del lugar, un tipo flaaaco de lentes con aspecto de adicto a la pornografía infantil me hizo una seña. Mi máquina era la nº 26. A mi lado, un gringo con sombrero vaquero que desprende una mezcla de olores entre repelente de mosquitos y los ungüentos de zábila que hace mi abuela Bárbara para curar las heridas; a mi izquierda, una mujer de pelo rojo y con la boca mal pintada que le escribe a su hijo ilegal en España pidiéndole el último disco de Martirio “ -el que grabó con la Big Band de nosedónde-. Más adelante, un señor como de 50 años con un maletín sobre las piernas lleno de papeles y unas fotos-porno- en la pantalla. Más allá un niño de diez años tortura, mata y acuchilla enemigos, mientras conduce un Hummer y escucha Acid House. Me cuenta el flaco sexual que los chamos entran en manada cuando se abren las puertas. Su deseo: jugar en red con el resto de la fila -hay como 20 carajitos más, todos gritando y soltando barbaridades en el poco espacio que les queda entre la chupeta y la comisura de la boca-. En el otro pasillo hay un tipo como de 25 años, que revisa con pesimismo su currículo mientras le mete cuanto tigrito había hecho -incluyendo las experiencias como modelo en un desfile maluco que hicieron en el Colegio Monseñor de Talavera-. A su lado, una quinceañera al estilo Janis Joplin y con el cerebro lleno de Preveral hablando con varios novios del messenger y en el otro extremo, un tipo como de 30 años bajando música y videos pa luego quemarlos y venderlos en la plaza de enfrente.

Por si todavía no lo sabes, todos estamos en un cibercafé, y aunque no nos conocemos, nos respetamos bastante. Mientras los grandes escritores envejecen rápido contando las mismas historias de “la nueva familia”, de la familia de los amigos, de las putas que tienen un bajón porque les ladilla su trabajo, o el eterno análisis político del sistema latinoamericano. Señores, llegó el momento de hablar de “la nueva oficina”. Que, técnicamente, es mucho más importante porque al parecer produce dinero, encuentros, satisfacciones, y adicciones.

El cyber viene en alza. Hoy la mayoría tiene, además de computadoras, cabinas para recibir llamadas, audífonos, webcams, ceniceros y otras cabinas más privadas. Hay oscuros y claros. Ventilados y sin ventanas. Cerrados y abiertos. En barrios y urbanizaciones, cerca de la escuela y en las cárceles. Con mouse de pelota o láser. Pero además, los hay en Venezuela, Jamaica, Churuguara y San Luís, Madrid y Praga, Buenos Aires y La Villa del Rosario, Santa Bárbara del Zulia, Checoslovaquia, Adícora y La Azulita. Hoy en día los centros de internet tienen más países afiliados que la ONU y la FIFA juntos.

Pero esta oficina virtual, que se apodera del mundo corriendo más rápido que un ladrón de carteras siendo perseguido por un galgo, tiene otra gran gracia. Una casi milagrosa. Algo que todavía no logra ningún plan económico en tiempos que abundan los gestores de planes llenos de estatutos y formas, aunque sólo nos domine uno totalitario. El Cyber junta a oficinistas sin futuro con viajeros sin pasado. A grandes empresarios utilizando sus web-conferencias para tranquilizar a sus clientes de la estafa millonaria que revolucionó a Maracaibo, llamada “la Vuelta” y permitiendo que mochileros que dan la vuelta al mundo envíen una señal de vida a sus madres adictas al Tafil y a otras pastillas para dormir, preocupadas por el destino de muchos Luisitos que andan por Europa haciendo de todo. Todos en un mismo lugar y por 1.200 bolívares la hora.

Y por si fueran pocas las ventajas. Revisando algún periódico viejo me di cuenta que estos sitios también cumplen la función social que, en los `70 y `80 cumplían los cines pornos de Europa y USA: ser una guarida para inmigrantes ilegales. Es decir, antes los inmigrantes se pasaban el día dentro de un cine triple X, mirando y durmiendo, ahora se les escapan a los policías de migración mirando páginas de cualquier tipo en un café con conexión rápida…manteniendo su anonimato.

Casi me quedo pegao absorbiendo el ambiente, y es gracias a una joven diagonal a mí que está llorando pude volver a la realidad. Lágrimas que caen en el teclado, lágrimas de quienes dejaron a su familia por esos sueños de grandeza. En otras oportunidades también he visto otro tipo de llanto: una extranjera aquí en Maracaibo chateando con su hermano en Miami, ella acomodaba la cámara mientras sus ojos llorosos eran enfocados por la diminuta bola de video. Le explicaba a través de una conversación de voz por Messenger que una pandilla de huelepegas en el centro le robaron su computador portátil, su cámara y sus tarjetas de crédito mientras hacía unas “buenas fotos” en la Plaza Baralt. Llantos frente a la pantalla de la nueva oficina. También son llantos de arrechera y de impotencia.

Ya son las 6:00 pm y al revisar mi correo electrónico, después de casi tres horas intentando explicarles el nuevo mundo de las TIC. Recibo un mail de mi jefe:

“Que vaina con vos, José. Te dije que me enviaras la información lo más pronto posible. Estuve con el embajador jactándome de la efectividad de mi equipo y nunca llegó nada. Puedes recoger tus peroles y hablas con la administradora. Estás botado”.

El Mouse de pelota que me había tocado no rodaba por la cantidad de sucio que había en la mesa. Eso evitaba que yo rodara la flechita hacia la X para desaparecer la desagradable noticia. Me levanté de la máquina y miré al tipo que estaba haciendo su currículo. Hacía un momento lamentaba su situación; y ahora comprendía la insoportable levedad del ser.