Venezuela Surrealista

Wednesday, January 25, 2006

¿Ortodoncia en 1865?


1856. Un barco arriba a puerto. A bordo viene un marinero escritor que quiere conocer a la prodigiosa mujer que, veintiséis años antes, escandalizó a todo un continente. En una casa envejecida trascurren los últimos días de Manuela Sáez, quien traduce documentos y relee en sus largas horas de soledad las apasionadas cartas del hombre que más amó: Simón Bolívar.

Esa es la sinopsis de la película que estaba siendo rodada en 1999 en Coro, Edo. Falcón. En la Dirección: Diego Rísquez, en el guión, Leonardo Padrón, producciones Guakamaya pagó el rodaje. Mariano Álvarez y Beatriz Valdéz lideran el largometraje de 100 minutos, donde la mayor parte debía ser rodada en mi pueblo natal. En esa época ya yo había saltado la cerca de la Universidad Experimental Francisco de Miranda y andaba de mala conducta por la ciudad en busca del estrellato. Y lo que encontré fue un estrellón contra las calles de piedra de la zona colonial de Coro y un violín arrechísmo por estar de payaso.

Rebelde sin causa y buscando una justificación por mi huída de la universidad, decidí integrarme a la Compañía Regional de Teatro, y al mismo tiempo formar una banda de rock llamada Container. Todo fluía de maravilla, sin embargo, en el teatro sólo pude recibir pequeños papeles ya que estaba bajo un tratamiento de ortodoncia que no me permitía representar papeles protagónicos. El muchacho Nº 2, el mudo, el limpiabotas, el soldado, la tranfor de la esquina, el muchacho Nº 3; eran los papeles que me tocaban “por tener aparatos en la boca”. Sin embargo, no me iba tan mal en el “chou bisnes”. Mientras mataba mis tigritos en una discoteca local me encuentro con que íbamos a tener como público a medio staff de la película Manuela Sáenz. Se me aflojó el barro de pensar que Diego Rísquez, Mariano Álvarez y Beatriz iban a escuchar nuestro performance.

Afortunadamente ellos se decidieron por una opción más adulto contemporáneo y apenas se aparecieron los productores, recoge cables, maquilladores, vestuaristas y todos los pelos largos y podríos a sobaco que en búsqueda de diversión y juguetitos se hicieron panitas de la banda. Luego de la presentación nos fuimos a la casa de las Ventanas de Hierro -en plena zona colonial- donde estaban todos los vestuarios y parte de los equipos. Nos tomamos hasta el agua de la fuente y se fumaron hasta las telarañas de la emblemática casa, mientras nos vestíamos de Manuelita, Simón Bolívar y de Españoles rebeldes. El productor en plena nota y agradeciendo los regalitos me propuso “un pequeño papel en una de las escenas. “Debes estar mañana a las 8 de la mañana aquí mismo.

Fue todo tan doméstico, tan coriano, tan de "pasá mijo, sentáte y tomáte un cafecito aquí en la cocina, que la filmación no dilata en comenzar", que al final la película es el resultado de un ensamble de buenas intenciones entre amigos, parientes, comadres y vecinos; que prestaron telas, faldas, joyas, mangas y bordados, para convertir a la hermosa cubana Beatriz Valdés -una de las actrices preferidas de Fidel Castro- en la peruana Manuela Sáenz y al venezolano Mariano Álvarez -de nuevo- en Simón Bolívar. No escapó esta película de la pintoresca falta de presupuesto de todas las producciones cinematográficas venezolanas, que terminan haciéndose como las hallacas: en familia, estirando cada año más la plata, y con todo el orgullo y excitación posibles.

El peo era ambientar la época, el vestuario era una herramienta para que el espectador distraído y pueblerino dijera: "¿Esta película como que no es de ahorita, verdad?". Y lo confirmé luego que entré al cuarto de vestuario y me montaron unas medias pantis blancas, un pantalón pescador color kaki, una camisa blanca con volaítos, unas botas negras de semicuero y un sombrero coñoemadre que me dejó la cabeza podría como por 3 días. Yo no sé si esas prendas estaban guardadas en un baúl, pero el olor que despedían era sencillamente asqueroso. Era una mezcla entre sobaco, con naftalina y queso roquefort -pero en medio de aquella dinámica divertida y excitante sensación por salir en cámara y ser presenciado ante vecinos curiosos y orgullosos del talento local, le eché bolas como buen coriano-. Mi personaje el Ciudadano Nº 3. Cuidado y me nominan pa´ los Oscar por la caracterización que hice.

Exterior Día. Tres soldados serán asesinados en la puerta de una Iglesia. Un grupo de ciudadanos presencian el fusilamiento -Yo era uno de ellos-. Los soldados deben estar amarrados unos a otros y los ciudadanos expresan un rostro desalentador y de asombro -hay que abrir la boca…de pana, es lógico-. Plano cerrado de los rostros de los 6 ciudadanos que estarán de frente a los soldados en un paneo lento -hay grúas, rieles y toda verga-. Se alternarán las dos tomas a medida que transcurre la escena.

Eran las 10 de la mañana y ya el sol estaba cocinando mis pies, me quitaba el sombrero, me lo ponía, me picaban las axilas, el cuello, la espalda, la media panti se me estaba metiendo por el culo, todo eso ocurría mientras terminaba la escena anterior. Por fin nos tocaba a nosotros, unas x en el piso de las históricas piedras lucias determinaban la posición de cada uno de los “actores”. Ahí estaba yo ubicado en la x3, haciendo respiraciones de mentiras para que creyeran que estaba practicando las técnicas de Stanivlasky. Y además, practicando mi expresión que probablemente me llevaría a otros papeles más importantes. Abría la boca, arrugaba la frente, levantaba las cejas…nojoda! Toy listo! decía yo. De repente escuchamos un grito que venía de uno de los árboles de la famosa plaza de la Cruz de san Clemente. Era el Director que se había subido para visualizar mejor la escena. “Ok, preparados, necesito mucha expresión, mucho dolor, están matando a tres hombres frente a ustedes, coño concéntrense… y a la cuenta de 5,4,3,2,1…accióooooooooooon!

Se me incorporó un negro de la época, lleno de asombro y dolor de ver como los españoles mataban a uno de los suyos por haber traicionado la ley. Mi cara era un poema, me sentía Denzel Washintong en una de sus interpretaciones, la cámara pasó frente a mí y abrí la boca aprovechando los dos segundos en mi carrera cinematográfica en una expresión que perduraría para la historia del cine venezolano, disparaban los asesinos con unas hermosas escopetas que echaban humo, y yo abría más la boca en una expresión artística que significaba “vergasion de roncha debo tener en los sobacos, me pica la espalda, creo que irrité las bolas con las medias pantis” y por fin escuchamos desde la copa del árbol: ¡Corten!....
El director malhumorado por el calorón que había se bajó del árbol para visualizar la escena en el monitor…se paró la grabación, todo el mundo corrió pal monitor pendientes de su actuación, las chicas recogían sus enormes vestidos para correr hasta donde estaba el editor, los chicos se bajaban de los caballos, a Mariano lo maquillaban, y a Beatriz le arreglaban la peluca mientras se fumaba un puro. La escena se veía asombrosa, real, el vestuario, la iluminación, el color gastado, bello todo, de repente la pantalla se puso blanca como si un rayo de luz hubiera entrado a la cámara, algún espejo coño, -dijo Diego mientras le mentaba la madre a cuanto carro pasaba cerca-, algo estaba haciendo brillo en la escena, les mandó a quitar los zarcillos a las niñas, las hebillas a los chicos, cero collares, cadenas, llamaron a la Alcaldía, cerraron la calle, se formó un alboroto y repitieron la escena.

Nos pusimos en nuestro lugar, nos echaron maquillaje, nos arreglaron la ropa, y todo listo…5,4,3,2,1…acciooooooooooooooooooon! Me volví a transformar en Denzel y rodamos la escena. La repetimos varias veces, y la fucking luz seguía entrando -de bolas si teníamos un maldito foco pegao en la frente- hasta que en una de esas se baja el director y visualiza la escena detenidamente. Justo cuando la cámara está pasando frente a mí en un plano de detalle, yo con las frente lucia, la expresión de dolor -no por los soldados, sino por la picazón- salió de mi boca la maldita luz que nos había hecho perder tiempo. Ala verga! Diego pegó un grito: “coñoo e la madre, a quién se le ocurre meter en un casting de una película de època a un coño con aparatos, nojoda…y pa qué abres la boca tu guebón? Y como no tengo boca…imagínense a medio elenco con ganas de ponerme junto a los soldados pa que me fusilaran también.
Fue horrible, no funcionaron mis ejercicios de relajación ni un coño, al diablo las técnicas de Stanivlasky, al diablo los planos cerrados, al diablo mi ortodoncista, al diablo la estética, y al diablo el burro muerto que cargaba encima. Me entraron unas ganas de llorar, pero yo palante le respondí al tipo: -¿ajá y como coño expreso dolor con la boca cerrada? Quería que me tragara la tierra. Sin embargo, no me botaron del set porque justifiqué la acción. Y me dejaron con una sola condición: “Si abres la boca carajito, pagas la escena completa”….Si quieren ver el resultado final de esta famosa escena, alquilen la película y vean la cara de guebón que puse para simular mi asombro.

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